martes, 17 de febrero de 2026

Carmen Gutiérrez Tello

 Biblioteca Baratillera




Mi nombre es Carmen Gutiérrez Tello. Nací en Sevilla, el 14 de mayo de 1958, en el barrio de San Lorenzo, en cuya parroquia se casaron mis padres y yo me bauticé. Crecí en el seno de una familia modesta, sencilla y trabajadora. Mi madre, maestra, daba clases particulares en casa y mi padre, empleado de banca, a pesar de las muchas horas extraordinarias, sacaba tiempo para inculcarnos a sus cuatro hijos la ilusión por la literatura, la pintura, la fotografía... el arte, en definitiva.


Navegando entre rimas y sueños

    Mis mejores juguetes eran los libros. A los siete años los devoraba; eran mi pasión. De este modo, mi infancia se llenó de cuentos, historias y poesía, lecturas que nutrían mi alma y despertaban mis sueños. Y así, desde niña, alentada por mi padre, comencé a escribir. Al principio eran pequeños poemas en postales para felicitar a la familia o a amigos.

Después, el Colegio Doctrina Cristiana de Heliópolis me abrió nuevos horizontes. Empecé a amar el estudio, creció en mí la necesidad de aprender. Bebía libros de cualquier tipo; la lectura se hizo mi amiga inseparable. Encontré, entre otros, a Jorge Manrique, Teresa de Jesús, Rubén Darío, Bécquer y Amado Nervo. Descubrí la musicalidad de la palabra, me enamoré de la rima y un día me encontré transformando en versos mis pensamientos y locuras. La escritura se convirtió poco a poco, junto al dibujo, en mi pasión favorita. Escribía cada sueño, cada vivencia, cada sensación, cada color. Tenía alas y ganas de volar. Y así nacieron mis primeros sonetos, mis primeras décimas. Yo era una barca pequeña y feliz navegando por un mar de sueños: mi colegio, donde me sentía protegida y segura.


Alas rotas: El mundo frío de las finanzas

    Pero el colegio terminó y con él mi sueño. Por necesidad en la familia, tuve que dejar de estudiar y empezar a trabajar. Ahí se rompieron mis alas. Y así, sin más, a mis 15 años me vi sumida en un mundo frío y calculador de oposiciones, finanzas, economía, materialismo y dinero que yo no deseaba, donde no había espacio para el arte, la imaginación y las letras.


El reencuentro: De la mano de los poetas del 27

    Sin embargo, fue justamente allí, trabajando en el Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla —después mi querido EL MONTE— donde coincido con un compañero amante de la literatura, Juan Guzmán Guerra, quien al conocer mi pasión me mostró también la suya a través de libros y poemas compartidos. Así conocí a Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández, Cernuda, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Celaya y, sobre todo, a mi adorado Pedro Salinas. Con él descubrí otro mundo, otra manera de escribir donde la música no estaba solo en la rima, sino en la melodía que transmitía la entonación de las palabras.
Así que empecé a dejarlas fluir, libres, sin control, desbocadas al son que marcaban mis propios sentimientos, transformadas en risas o en lágrimas, pero siempre fieles a mi íntimo yo, a mis deseos, a mis dudas, a mis vivencias, a mis ansias.


Razón Primera: El brillo de los primeros premios

    Vuelvo a sentir entonces la necesidad de aprender, de profundizar, de saber, y así, en 1980, ya con 22 años, me matriculo en el Instituto Velázquez para hacer el COU e intentar retomar mis estudios. Allí conozco a Manuel Jurado López, poeta y entrañable profesor de Literatura que, una vez conocido mi interés por la poesía, no dudó en ningún momento en ofrecerme su consejo y ayuda. A través de él descubrí a José Antonio Moreno Jurado, cuyos libros Fedro y Daimon de la niebla me impresionaron profundamente.

En 1981 me presento a varios premios de poesía y obtengo el primer premio del Instituto Velázquez de Sevilla, el segundo premio del Instituto Reyes Católicos de Vélez-Málaga y el primer premio de Cuento y Poesía Miguel de Cervantes de Alcázar de San Juan. Este año, igualmente, toma forma mi poemario "Razón Primera". Asimismo, José Antonio Moreno Jurado nos reunió a mí y a otros poetas jóvenes —Juan Lamillar, Concha Prieto, Jesús Aguado y José Francisco Vélez— en un grupo del que, en 1982, surgió la revista Lampadario, publicando una antología bajo el título Ruptura y Mímesis.


Las brasas encendidas: Un sueño que nunca se apagó

    Después, la vida y sus circunstancias separaron nuestros caminos. Tuve que abandonar mis estudios de Filología para casarme y, aunque no dejé de escribir, fui perdiendo el contacto con el mundo literario. No obstante, ya casada y con dos hijos, en 1995 obtengo el primer premio de Poesía ACRECA de ámbito nacional. Más tarde, salvo algunas colaboraciones en la revista La Valija, las obligaciones y la rutina hicieron que la poesía pasase a segundo plano.

Pero las brasas seguían ahí. Al cabo de los años, ya jubilada y a través de un buen amigo, Francisco Espejo, entro en contacto en 2022 con la Institución Literaria Noches del Baratillo, de la que actualmente soy miembro. En 2025, cumpliendo un sueño después de tantos años, mi poemario Razón Primera ve finalmente la luz a través de la editorial Ediciones en Huida.


Mi manifiesto: La poesía es vida

    Para terminar, deciros que, desde aquellos primeros poemas infantiles hasta hoy, no ha cambiado mi modo de entender la poesía. Para mí, la poesía es vida. El poema late, transmite, comunica. Tiene algo de mágico. El poema es libre, rebelde, audaz. Es fuerza interior que hace posible la comunicación más íntima. Por eso mi poesía, como dijera Celaya, “no es un fruto perfecto”, pero sí es ese “arma cargada de futuro” con la que me enfrento e intento salir airosa, día a día, a este mundo donde «vivimos a golpes». Y aun así, mis poemas son siempre un canto a la esperanza: «una brizna de brisa, tal vez excitante, llena de ternura».

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